
Un inconfundible nervio sonoro que recorre todo su legado: de las danzas y baladas que acarrearon en su travesía del océano los primeros colonos de Nueva Francia a comienzos del siglo XVII a la presente prodigalidad de estilos y acentos. Puede incluso que la misma postergación de esta comunidad tradicionalmente francófona, católica y subalterna esté detrás de la conservación de unos rasgos tan acusados: insumisos permanentes ante la autoridad británica, acabaron por ser deportados y dispersados durante la década de 1750. Pero tras años de errancia y calamidad -se calcula que la mitad de ellos murió en ese periodo de trastierro- se empezaron a reagrupar en la Luisiana francesa a partir de 1766. Y contra todas las probabilidades, en algunas de las tierras más pobres y pantanosas de las cuencas del Atchafalaya y el Mississippi, en los llamados bayous y marismas costeras, echaron unas raíces que todavía hoy respiran.
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El aislamiento jugó pues en favor de la preservación de su cultura. Pensemos, por ejemplo, que hasta la década de 1940 la electricidad no llegó a buena parte de estos territorios aluviales y cenagosos. La idea de los cajunes como un pueblo afable pero endogámico, sociable pero duramente apegado a sus valores rurales y algo excéntricos, muy extendida todavía hoy en los Estados Unidos, es tributaria de esa vida en el margen.
Noción que sin ser del todo impropia, tampoco es exacta: no podemos concebir a los cajunes sin su promiscua vecindad con renegados de todas las naciones, fuesen criollos negros, españoles, indios o bretones, que también encontraron albergue en las mismas parroquias del sur profundo y con los que intercambiaron melodías y fluidos. Cruces de los que surgieron esquejes tan vigorosos como la llamada música creole o el zydeco blues. Una permeabilidad cultural que puede rastrearse a lo largo de toda su historia, porque si bien es cierto que hay rasgos tonales, rítmicos e instrumentales que se reproducen de época en época y singularizan a lo cajún, también lo es que del western swing al rhythm blues, del hillbilly al hot jazz de Nueva Orleans, las huellas de otros sonidos están a la vista sin necesidad de escarbar mucho.
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Pero en verdad, si hubiese que resaltar un solo rasgo de la música cajún, si tocase abandonar el objetivo cobijo que ofrece hablar de su preferencia por los two-step con compás de 4/4 o de la técnica de dobles cuerdas con la que hacen resonar sus violines, sería imperativo hablar de su feroz y gozosa expresividad: en las letras del folklore de Luisiana no escasean los amores no correspondidos y las soledades, menudean los desarraigados y echados a perder, hay borracheras y malas mujeres y casas de lenocinio y, en general, el mundo es tan hostil y traicionero como en cualquier otra parte. Es, no cabe duda, el recitado de gente que ha padecido. Y sin embargo, no es nunca la música de los acorralados, de los vencidos. Es en cambio la de quienes plantan cara, se levantan y se burlan de su desgracia. O bien no se levantan, pero no permiten que les domine hasta la desesperación. Es una música no ya para ahuyentar penas, sino para echarlas a patadas. Música para bailar hasta el exorcismo, para reír entre amigos y festejar bajo la sombra cálida del establo del pueblo o de la casa solariega, entre cipreses acuáticos y magnolios. Es la música vital e irresistible de quienes están aquí, aunque nadie hubiese apostado por ello, para contarlo y hacerlo a su manera.
Estos son siete álbumes idóneos para hacerse una idea cabal de lo que venimos predicando

Fotografías: Colecciones de Alan Lomax de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos


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