Segovia

La 42ª edición, celebrada entre los días 2 y 5 de julio, ha sido una de las más emocionantes que se recuerdan. La figura de Luis Martín, fallecido hace unos meses, estuvo presente de manera discreta pero constante en cada espacio del festival, recordando la huella de quien contribuyó decisivamente a convertir esta cita en una referencia del panorama folk desde hace más de cuarenta años.

Pero lejos de mirar únicamente al pasado, Folk Segovia volvió a evidenciar que los proyectos con raíces profundas encuentran su mejor homenaje en la continuidad. Mantener viva la música, los encuentros y el espíritu que los inspira fue, una vez más, la mejor forma de reivindicar su legado.
Una celebración para recordar a quien hizo posible el festival
La noche del jueves quedará incorporada a la memoria colectiva del festival.
Más de ochocientas personas llenaron el Jardín de Los Zuloaga para asistir al concierto dedicado a Luis Martín. Desde bastante antes de comenzar ya se percibía que no iba a ser una velada cualquiera. Había abrazos, recuerdos compartidos y muchas conversaciones en las que aparecía inevitablemente el nombre del hombre que convirtió una iniciativa local en una de las grandes referencias del folk español.
La música fue, naturalmente, la gran protagonista de la velada. A lo largo de la noche fueron sucediéndose sobre el escenario algunos de los nombres que han acompañado a Luis Martín y a Folk Segovia en distintos momentos de su historia. Desde Guadalajara llegaron Las Colmenas; desde Jódar, los inseparables Andaraje, viejos compañeros de viaje del festival; junto a ellos participaron Free Folk, La Esteva y La Ronda Segoviana, aportando cada uno su particular manera de entender la tradición y sumando emociones a una noche cargada de simbolismo.
Más allá de las interpretaciones, lo que se percibía era el afecto compartido hacia la figura de Luis Martín. Cada actuación parecía aportar una pieza distinta al retrato colectivo de quien durante décadas impulsó este encuentro, convirtiendo las canciones en una sucesión de recuerdos, complicidades y agradecimientos.

La emoción fue creciendo poco a poco hasta alcanzar su punto culminante con la salida al escenario de Nuevo Mester de Juglaría. Entonces el homenaje adquirió una dimensión especial. No era únicamente la presencia del grupo más estrechamente ligado a la historia del festival, sino también la sensación de estar asistiendo a un reencuentro entre buena parte de los protagonistas de una aventura cultural que ha marcado varias generaciones de aficionados a la música tradicional.
Hubo lágrimas, sonrisas y momentos de evidente emoción entre músicos y público. Pero, conforme avanzó la noche, la música fue imponiéndose al recuerdo más doloroso. El homenaje terminó convirtiéndose en una celebración de la vida, de la amistad y de todo lo que Luis Martín había ayudado a construir.
El cierre con La Chica Segoviana y La Jota del Mester, interpretadas de forma conjunta por todos los participantes, provocó uno de esos instantes que justifican por sí solos la existencia de un festival. No fue una despedida, sino la constatación de que el legado de Luis Martín sigue vivo en cada edición de Folk Segovia.

Segovia vuelve a ser una ciudad tomada por la música
Una de las mayores virtudes de Folk Segovia sigue siendo su capacidad para expandirse más allá de los escenarios.
Durante cuatro días la música volvió a ocupar plazas, jardines y calles del casco histórico. Los pasacalles protagonizados por Xeremiers de Sencelles, Ronda de Los Llanos, Aljibes, Rondadores y Bailadores y la Escuela de Dulzaina de Segovia aportaron esa dimensión popular que siempre ha distinguido al festival.
No se trataba únicamente de actuaciones itinerantes. Eran pequeñas celebraciones espontáneas que surgían en cualquier esquina, sobre todo si era sombreada, donde vecinos y visitantes se detenían unos minutos para escuchar una jota, seguir una melodía de gaita o acompañar con palmas un baile improvisado.
Ese diálogo constante entre escenarios y espacio público sigue siendo una de las señas de identidad más valiosas de Folk Segovia.

Serigosa, la revelación de esta edición
Dentro de una programación especialmente equilibrada, la actuación de Serigosa fue una de las grandes sorpresas del festival.
El trío llegó a Segovia con la discreción habitual de los proyectos que todavía están construyendo su camino, pero abandonó el escenario dejando la sensación de haber protagonizado uno de los conciertos más estimulantes del fin de semana.
Su propuesta parte de las músicas tradicionales de la Península Ibérica. Hay investigación, respeto por las fuentes y conocimiento del repertorio, pero también una voluntad evidente de dialogar con el presente.


Las canciones, algunas de ellas procedentes del cancionero portugués, convivieron con melodías castellanas en un repertorio delicado, reivindicativo y profundamente coherente. Las interpretaciones de piezas como el charro Arbolito florido o la popular Esta noche ha llovido mostraron la capacidad del grupo para actualizar el material tradicional sin despojarlo de su esencia.
Muchos de los comentarios escuchados al finalizar el concierto coincidían en una misma idea: Serigosa había sido uno de los descubrimientos del festival.
Korrontzi y la celebración permanente
Si Serigosa representó la sorpresa, Korrontzi aportó la seguridad de quien domina perfectamente el escenario.

La formación vasca ofreció uno de esos conciertos que parecen construidos para recordar que la música de raíz tradicional también puede ser espectáculo en el mejor sentido de la palabra. Virtuosismo, ritmo, complicidad y una enorme capacidad para conectar con el público fueron las claves de una actuación que transformó el Jardín de Los Zuloaga en una gran fiesta colectiva.
La trikitixa de Agus Barandiaran volvió a actuar como eje de una propuesta donde tradición y fiesta conviven con absoluta naturalidad. El público respondió desde el primer momento y acabó participando activamente en una actuación que confirmó el magnífico estado de forma de la banda.
Carrión Folk y Los Malagatos: dos formas de mantener viva la tradición
La Plaza de San Martín volvió a convertirse, pese al calor abrasador, en uno de los espacios más acogedores del festival.
El viernes fue para Carrión Folk, que celebró cerca de tres décadas de trayectoria presentando las canciones de Báilalo. Las nuevas composiciones convivieron con piezas ya conocidas por su público en un concierto cercano y cálido, muy bien recibido por los asistentes.

Al día siguiente llegó el turno de Los Malagatos, una formación que trabaja desde hace años en la recuperación del inmenso y desconocido patrimonio musical malagueño, un repertorio que se nutre de cantes de rueda, maragatas, churripampas, molineras y otros cantes típicos de la Málaga más rural. Lo interesante de su propuesta no reside únicamente en la investigación que la sustenta, sino también en la naturalidad con la que esas canciones llegan al escenario.


Los Malagatos entienden el folklore como una herramienta de comunicación contemporánea. Y precisamente por eso sus interpretaciones resultan cercanas incluso para quienes escuchan por primera vez estos repertorios.
San Quirce, el espacio para escuchar, aprender y compartir
Más allá de los escenarios principales, el Aula de San Quirce volvió a consolidarse como uno de los espacios esenciales del festival. Lejos del bullicio de las actuaciones multitudinarias, allí se desarrolló una programación que permitió acercarse a la música tradicional desde una perspectiva más reflexiva y participativa.
La grabación en directo del programa de radio Tradición Sonora volvió a reunir a aficionados, músicos e investigadores en torno a una de las iniciativas divulgativas más importantes dedicadas al patrimonio musical de raíz. El encuentro permitió compartir experiencias, reflexiones y miradas sobre el presente y el futuro de la música tradicional en un ambiente cercano y abierto al público.
También despertó un notable interés el taller de cantos de trabajo impartido por Pablo Zamarrón, una actividad que permitió redescubrir un repertorio ligado a las labores cotidianas y a la memoria colectiva de numerosas comunidades rurales. Más allá del aprendizaje musical, la sesión se convirtió en una reivindicación de la tradición oral como patrimonio vivo.
El broche lo puso el concierto de Jaime Lafuente junto al guitarrista Jesús Ronda, una propuesta que encajó perfectamente en el espíritu del festival. Sobre una base construida desde el respeto a la tradición, ambos músicos ofrecieron una lectura actual y elegante del repertorio popular, enriquecida por arreglos y sonoridades contemporáneas que aportaron nuevos matices sin alejarse de las raíces.


El concierto recorrió canciones bien conocidas por buena parte del público, desde piezas recogidas por Agapito Marazuela, figura fundamental del folklore castellano, hasta composiciones tan populares como la socarrona y humorística El milagro de San Dimas. La complicidad entre Lafuente y Ronda, unida a la cercanía de unas canciones profundamente arraigadas en la memoria colectiva, convirtió la actuación en uno de los momentos más cálidos y celebrados de la programación de San Quirce.
Collado, un valor seguro y en constante crecimiento
Posiblemente la de Collado fuera la actuacion más esperadas de esta edición de Folk Segovia. El octeto, integrado por músicos procedentes de distintos puntos de la península y con sensibilidades artísticas muy diversas, se ha consolidado como una de las propuestas más atractivas y personales del folk ibérico actual.

Para esta ocasión el grupo no pudo contar con una de sus voces habituales, la portuguesa Teresa Campos, cuya aportación resulta fundamental en la identidad sonora del proyecto. Sin embargo, el resto de la formación asumió con naturalidad las partes vocales, resolviendo la ausencia con solvencia y manteniendo intacto el espíritu de su repertorio.
Las composiciones de su segundo trabajo, Si vas al baile, sonaron firmes y perfectamente ensambladas, reflejando la madurez adquirida por una banda que ha crecido notablemente sobre los escenarios en los últimos años.
A ello se sumó la participación del maestro Eliseo Parra, cuya presencia aportó un plus de emoción y complicidad a una actuación que confirmó el excelente momento artístico que atraviesa el grupo.
El concierto permitió comprobar, una vez más, la solidez de una formación que continúa creciendo y afianzándose como uno de los nombres imprescindibles del nuevo folk peninsular.

Los Niños de los Ojos Rojos: el folk como territorio sin fronteras
Catorce años después de su anterior paso por Folk Segovia, Los Niños de los Ojos Rojos regresaron para clausurar los conciertos del festival con una descarga de energía difícil de igualar.
La banda extremeña presentó Hard Folk, trabajo que coincide con la celebración de sus 25 años de trayectoria. El concierto fue una demostración de que las etiquetas resultan insuficientes para describir una propuesta donde conviven melodías balcánicas, folk irlandés, rock, ska, reggae, hip-hop y tradición ibérica.


Lo más interesante es que esa mezcla nunca parece artificial. Todo forma parte de un mismo discurso artístico construido alrededor de la diversidad cultural y del encuentro entre tradiciones.
La respuesta del público fue inmediata. Pronto desapareció la separación entre escenario y espectadores para dar paso a una celebración colectiva que terminó poniendo el broche perfecto a la edición.
Un festival que mira hacia delante
Más allá de las cifras de asistencia, que volvieron a confirmar la buena salud del certamen, Folk Segovia 2026 ha dejado una sensación especialmente reconfortante.
El festival ha demostrado que la dirección de Cristina Ortiz, el acierto con la programación y el compromiso de los voluntarios han consolidado de nuevo a Folk Segovia como el festival de referencia del centro peninsular y ha vuelto a ser el punto de encuentro de multitud de aficionados de todo el país. No podría haber mejor homenaje a su creador Luis Martín.
Porque, en realidad, Luis estuvo en todas partes durante estos cuatro días: en las canciones, en los pasacalles, en las conversaciones de los músicos veteranos, en las nuevas generaciones que descubren el festival por primera vez y en la certeza compartida de que la música tradicional sigue teniendo mucho que decir.
Cuando el domingo por la tarde las últimas notas de dulzaina se fueron alejando por las calles del casco histórico, quedó la sensación de haber asistido a una edición especialmente significativa. Una edición donde la emoción y la música caminaron juntas.
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