
Los Mareados
Autoproducido 2025
Hay discos que se disfrutan desde el primer compás, sin necesidad de explicaciones teóricas. Los Mareados, de Sheila Blanco y Federico Lechner, es uno de ellos. Aquí el tango y el jazz no se cruzan como experimento, sino como dos lenguajes que se entienden de forma natural cuando caen en buenas manos.
Blanco y Lechner ya habían trabajado juntos, pero en este repertorio en castellano la química se percibe todavía más clara. Ella canta con personalidad, sin impostaciones forzadas, moviéndose con soltura entre la sensualidad del tango y la libertad del jazz. Él, desde el piano, guía el viaje con elegancia, jugando con las armonías y dejando espacio para que todo respire. Junto a Toño de Miguel al contrabajo y José San Martín a la batería, forman un cuarteto compacto, con pulso y complicidad.
El disco alterna clásicos muy conocidos con temas propios. Y ahí estaba uno de los grandes riesgos: ¿cómo enfrentarse a canciones tan escuchadas sin que suenen previsibles? En Los Mareados, el tema que da título al álbum, el grupo apuesta por una lectura más abierta, con un punto de inestabilidad que encaja muy bien con la letra. El día que me quieras suena delicado y luminoso, mientras que Por una cabeza adquiere un aire más rítmico, casi juguetón. María mantiene la intensidad emocional, pero con una base que respira jazz contemporáneo.
Las composiciones originales aportan frescura y carácter propio. La ladrona tiene ese aire de tango pícaro y teatral que permite a Blanco desplegar ironía y fuerza. Otoño eterno se mueve entre el bolero y el tango con una atmósfera íntima y melancólica. Esbaesbaba… introduce un toque desenfadado, casi lúdico, y Milonga para una pulga, dedicada a Lionel Messi, mezcla humor y admiración con un resultado tan simpático como musicalmente sólido.
El cierre con Alfonsina y el mar apuesta por la sencillez y la emoción contenida, sin excesos. Es una versión que demuestra que, cuando hay honestidad, no hace falta adornar demasiado.
Uno de los grandes aciertos de Los Mareados es que suena vivo. Se nota que los músicos se escuchan, que hay espacio para la improvisación y que la grabación intenta capturar esa sensación de concierto. El resultado es un álbum cercano, vibrante y fácil de disfrutar, tanto para quienes aman el tango como para quienes se sienten más cómodos en el jazz.
En definitiva, Sheila Blanco y Federico Lechner firman un trabajo cálido y bien construido, que respeta la tradición sin quedarse anclado en ella. Un disco que demuestra que la mezcla, cuando es sincera y está bien tocada, no necesita justificaciones: simplemente funciona.

