El cine documental se cita con la música en el Festival In-Edit

12/11/2016 - Ferran Riera
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Nunca había acudido anteriormente a una sesión del Festival de cine documental de temática musical In-Edit, y no me imaginaba que la inauguración de su catorceava edición -que ya son años- tuviera las características de todo un auténtico acontecimiento artístico y social
inedit (Copiar)

Con el aforo del cine Aribau lleno a rebosar y una considerable expectación entre el público asistente. Y no era para menos, porque la sesión acogía el estreno mundial de la película Omega, realizada por José Sánchez-Montes y Gervasio Iglesias.

Este documental no sólo es bueno -o, mejor: buenísimo-, sino que es del todo necesario, porque hace justicia y pone en su sitio, a veinte años de su gestación, al disco más decisivo que se ha hecho nunca en España: una inaudita conjunción entre flamenco y rock que en 1976 tomó como referentes a dos genios del siglo XX, Federico García Lorca y Leonard Cohen, para meterlos en un túrmix magistral en el que ejercieron como grandes alquimistas una pandilla de locos granadinos, el desaparecido cantaor Enrique Morente y el grupo Lagartija Nick. Todavía resuena en mis oídos la estruendosa ovación que despidió la proyección. Luego, al llegar a casa, lo primero que hice fue volver a escuchar aquel grandísimo disco a todo volumen.

Omega tiene previsto su estreno en salas comerciales el próximo 18 de noviembre. El mismo día se pondrá a la venta una reedición de lujo del disco, que ha sido remasterizado y que incluirá un segundo CD con canciones inéditas.

Cambiemos de tema. Este año el festival ha prestado especial atención a un tipo de filmes que no hablan de un personaje, un grupo, una tendencia o una época, sino que tratan temas que más bien cabría considerar como musicológicos, o incluso científicos. Este es el caso de la producción española The origins of music, de Daniel B. Arvizu y Andrea Spalletti, un interesantísimo documental de carácter científico que pretende acercarnos al “misterio de la musicalidad de nuestra especie”. Y puedo dar fe de que cumple con su misión, ilustrándonos sobre las características del cerebro humano, la conexión cantora con los primates, con los pájaros y con las ballenas y los descubrimientos de Darwin y compañía. No obstante, la película abusa del lenguaje hablado en detrimento de las demostraciones musicales, y a la hora de subir a la red de lo social se queda corto, ya que alude ligeramente a los procesos de manipulación de la música en el terreno religioso y a la controversia entre los sujetos pasivos y los sujetos activos del hecho musical, pero no incide en la eterna contradicción y confrontación entre la música domesticada y entendida como demostración del poder y la música como manifestación espontánea y popular.

En este mismo terreno, pero viajando en una órbita muy distinta, cabe destacar la película de procedencia suiza Melody of noise, realizada por Gitta Gsell, que parte de la base de que no hay diferencias entre música y ruido, y que sólo se trata de una cuestión de adaptación o educación del oído. Y a partir de aquí, una pandilla de chalados -o auténticos genios creadores/recicladores, vete a saber- muestran sus progresos con objetos recogidos en un vertedero, o con ordenadores. Lo más delirante del asunto es descubrir toda una “orquesta de hortalizas”, o una señora que canta eructando, o un individuo haciendo sonar una guitarra eléctrica con las palomitas que saltan en una olla con aceite hirviendo. No es broma. Es fantástico. Es música.

Otra película en torno al fenómeno musical es Imagine waking up tomorrow and all music has disappeared (Imagina que te despiertas mañana y la música ha desaparecido), una producción germano-suiza realizada por Stefan Schwietert que tiene como ideólogo y protagonista a Bill Drummond, fundador de KLF, que después de saborear las mieles del éxito, acabó aborreciendo la industria musical, se retiró de los escenarios y borró todo su catálogo. De todos estos temas se habla en el documental, pero lo importante es lo que sugiere el título: una imaginativa y espléndida broma que, siendo como soy enemigo de los “spoilers”, ahora no voy a desvelar.

Quien sí que es todo un personaje mítico en el universo musical es el gran Frank Zappa (1940/1993). Y así lo explica Eat that question: Frank Zappa in his own words (Cómete esta pregunta: Frank Zappa en sus propias palabras), una producción franco-alemana dirigida por Thorsten Schütte que pone en su sitio al maestro que acercó el rock a la música contemporánea, además de flirtear también con la electrónica, enarbolando la consigna de que sólo estaba en aquel asunto por el dinero, y autocalificándose como freak y no como hippy. Yo lo vi una vez en directo, hace ya mucho tiempo, y recuerdo que no sólo fue capaz de hacer sonar bien un concierto en el antiacústico Palacio de los Deportes de Barcelona, sino que además dirigió la mejor versión del Bolero de Ravel que he oído en mi vida.

Y ya que he mencionado la ciudad de Barcelona, quiero comentar, ahora en sentido negativo, un documental que habla de la capital catalana y concretamente de los músicos ambulantes que pueblan sus calles. Se trata de Sin permiso, realizado por Ingrid de la Torre, una auténtica película-trampa que trata al Ayuntamiento local como una entidad sin orientación política, ya que no distingue si lo gobiernan los socialistas, Convergència o la coalición de izquierdas de Ada Colau, ya que la policía municipal, que es tan mala malísima, no es un ente autónomo sino que está dirigida por quien ha ganado las elecciones, pero que aquí está ausente. Además, resulta que aparece un concejal del actual consistorio, Jaume Asens, pero en caridad de jurista y no como miembro del gobierno, haciendo unas declaraciones en plan abogado alternativo que no serían las mismas si las hiciera como representante del poder. Y por si fuera poco, el mensaje que desprende el film viene a decir que Barcelona debería ser una capital musical en la que todo el mundo fuera libre para interpretar música en la calle y que los que lo hacen son unos virtuosos sin afán de lucro, cuando en realidad hay que preguntarse dónde estarían estos individuos si la ciudad no se hubiera convertido en una meca turística. Y eso tampoco lo hace la película.

En otro orden de cosas, Mali Blues, escrito y dirigido por el alemán Lutz  Gregor, es toda otra historia: un documental musical ‘comme il faut’, de excelente factura, que aborda los problemas de los artistas de ese país africano, como Fatoumata Diawara o Bassekou Kouyaté, sobre todo en lo que respecta a la total prohibición de la práctica musical que los yihadistas han aplicado en los territorios que han tenido la ocasión de conquistar fugazmente. La película también habla la corrupción rampante que corroe la administración maliense, de las peculiaridades de la etnia tuareg, de la necesidad de acabar con la ablación de las mujeres y, en un plano más musical, de la condición que implica ser la cuna el llamado blues del desierto y de las diferencias que hay entre los cantantes del griot tradicional y los raperos de hoy en día. Todo muy bien explicado y enseñado, es cierto, pero, no va más allá de lo que ya sabíamos antes de visionarlo.

Por último, hablaré sobre el ciclo que el Festival In-Edit ha dedicado al punk con motivo de su 40 cumpleaños, del que he visionado tres documentales que cabría calificar de históricos. El primero es Blank generation (Generación en blanco), que más bien habría que definir como arqueológico, aunque en realidad las cuatro décadas pasadas no den para tanto. Esta producción estadounidense dirigida por Ivan Kral nos transporta al Nueva York de 1976 para que asistamos a los comienzos de gentes como Patti Smith, Television, The Ramones, Richard Hell, Blondie Talking Heads y unos cuantos grupos más. La cinta, en blanco y  negro, está pésimamente realizada, no hay montaje, tampoco hay sincronía entre imagen y audio, y ni siquiera la mayoría de los artistas son claramente punkis. Pero, señores, dicen que esto es un testimonio único grabado en la mítica sala CBGB con genuino sabor a “nouvelle vague”, y el cine está abarrotado. Así es el In-Edit.

El segundo film de este ciclo que he contemplado también debe ser clasificado como histórico. Rude boy (Chico duro) es una producción británica de 1980 dirigida por Jack Hazan y David Mingay que se mueve entre la ficción y el documental, ya que cuenta las más bien frustrantes aventuras de un “roadie” de The Clash, el clásico grupo que dejó profunda huella al ser el que más decididamente encaminó el punk hacia derroteros políticos. De izquierdas, evidentemente. Así, la película alterna los conciertos de Joe Strummer y compañía con imágenes de manifestaciones, represión policial y mítines de Margaret Thatcher, convirtiéndose en el testimonio de una época y unas costumbres que, francamente, han envejecido notablemente.

Finalmente, Gimme danger es una película norteamericana dirigida este mismo año por el mismísimo Jim Jarmusch. Se trata de un repaso por la biografía de uno de los grupos más salvajes de la historia del rock, Iggy Pop & The Stooges, quienes entre 1967 y 1973 revolucionaron las estructuras del género al convertirse en los precursores del punk, además de tener sus escarceos con la psicodelia y la música experimental. Las drogas, el radicalismo y un nulo espíritu comercial acabaron con ellos, lo que no les impidió ser venerados con posterioridad hasta reagruparse en el 2003 con un éxito rotundo. El director ha sabido narrar la historia de una forma muy amena con un montaje en el que junto a las entrevistas con los protagonistas las actuaciones del grupo, también abundan las fotos, la animación, y los fragmentos de televisión y de películas. Además, no deja de sorprender la memoria de elefante que posee Iggy después de meterse de todo durante tantos años. Sin duda, es el mejor filme que he visto en este festival.

Y ya acabo. El XIV In-Edit se ha desarrollado en Barcelona entre los días 27 de octubre y 6 de noviembre, con llenos en prácticamente todas las sesiones, en las que se han proyectado un total de 48 películas. En Madrid también se ha visto una muestra más reducida entre los días 3 y 6 de noviembre. Y en Valencia se podrá ver entre los próximos días 17 y 20. El premio del certamen ha sido para I called him Morgan, de Kasper Collin, una producción de Suecia y Estados Unidos sobre el trompetista de jazz Lee Morgan, que fue asesinado por su mujer en el club donde tocaba. El galardón al mejor documental estatal ha recaído en Lo que hicimos fue secreto, de David Álvarez, que es una historia sobre el punk madrileño. Y finalmente, el jurado ha otorgado una distinción especial a Geometría del esplendor, de José Ramón da Cruz, sobre el grupo alternativo Esplendor Geométrico. Desgraciadamente, no he visto ninguna de estas tres películas, lo cual dice muy poco en favor de mi olfato cinematográfico. No obstante, puedo asegurar que, en general, lo que he visionado ha merecido la pena. En resumen, creo ha sido un buen festival. El año que viene seguro que repito.

 

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