El abrazo del tango y el rock – Alejo Rodríguez de Fraga

13/09/2018 - Fernando Marinelli
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Quizás aquél abrazo entre el cantor de tangos Roberto Goyeneche y el músico de rock Fito Páez en una escena de la película Sur, de Fernando “Pino” Solanas, de 1988, haya simbolizado el encuentro y la reconciliación de los dos géneros más importantes de la música popular argentina urbana. Quizás haya sido esa escena la que inspiró a Alejo Rodríguez de Fraga a la hora de elegir el título de su primer libro, El abrazo del tango y el rock, para dar cuenta de los encuentros y desencuentros, las rivalidades, rechazos y acercamientos que han signado la convivencia de esas músicas en la Argentina.
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Cuando el rock asomaba en la Argentina en la segunda mitad de la década de 1960 –con algunos intérpretes que fueron pioneros en cantarlo en castellano– el tango era considerado como “la música de los padres”. Incapaz de actualizar su lenguaje más allá del vanguardismo de Piazzolla, el género venía perdiendo terreno en las preferencias populares desde mediados de la década anterior. Había un conflicto que era no sólo generacional, sino también ideológico. Para los adolescentes que querían cambiar el mundo, los tangueros eran vistos como conservadores y retrógrados. Para los cultores del tango, la música de esos muchachos de pelos largos y ropas coloridas (importada, anglosajona) era tachada de extranjerizante. Aunque, paradójicamente, a comienzos del mismo siglo, también al tango –asociado a la inmigración– se lo hacía responsable de un proceso de “desnacionalización” que atentaba contra la tan mentada identidad nacional que tanto desvela a los argentinos.

A esa coincidencia entre el tango y el rock se agrega otra que el investigador Oscar Conde (citado en el libro) define como su “hibridez constitutiva”. Así como el tango fue un crisol donde se fundieron la contradanza, la habanera, la milonga campera, la tonadilla, el cuplé, el candombe y otros géneros musicales; así como no dudó en apropiarse de un instrumento de origen alemán (el bandoneón) para enarbolarlo como emblema, de la misma manera el rock no dudó en echar mano a todo lo que le pasaba cerca, empezando sin duda por el blues, el rythm and blues, el jazz, el góspel, el folk y la música country. Y con el tango no haría una excepción.

Con el correr del tiempo, algunos empezaron a advertir que el espíritu del tango estaba metido debajo de la piel de muchos músicos argentinos, como parte de un legado cultural inevitable. Lo habían mamado desde la cuna y, como todo lo que se recibe en los primeros años de la infancia, quedaría registrado en algún rincón del alma para reaparecer en algún momento.

Ya a mediados del siglo XX hubo una incorporación al tango de instrumentos del rock, y ya desde sus tempranos comienzos el rock argentino comenzó a tomar prestado el bandoneón. Pero es en la segunda mitad de la década de 1990 cuando se da en el tango una resistencia cultural similar a la que caracterizó al rock en los 80. Y las fronteras que habían sido tan rígidas comienzan a hacerse más lábiles.

Esa historia apasionante de acercamientos y rivalidades entre el tango y el rock en el último medio siglo es la que relata con lujo de detalles (y una monumental tarea de investigación de la que dan cuenta las numerosas referencias al final de cada capítulo) Rodríguez de Fraga en este auspicioso debut literario, con un ilustrativo y esclarecedor prólogo de Matías Mauricio, letrista, poeta y miembro de la Academia Nacional del Tango y la Academia Porteña del Lunfardo.

Con erudición que elude la solemnidad, el autor va enumerando los numerosos cruces entre ambos géneros y, casi sin buscarlo, termina por hacer una historia de la música urbana argentina de las últimas cuatro décadas. Por las páginas de El abrazo del tango y el rock pasan temas como la censura y la falta de difusión, las incursiones del bandoneón en el rock, la rivalidad entre ambos géneros (tanto de sus intérpretes como de sus seguidores) y hasta la actitud pendular de Astor Piazzolla hacia los músicos de rock. Especial atención le presta Rodríguez de Fraga a la poética de ambos géneros, deteniéndose, por ejemplo, en el empleo del lunfardo y la influencia del romanticismo en la lírica del rock, lamentando la inclinación de los cantantes actuales de tango por la obra tradicional, en detrimento de los nuevos letristas. Muy acertada resulta, en este aspecto, la inclusión de algunas letras ilustrativas de diferentes momentos históricos, como la ya olvidada Susanita, de 1957, y sus versos lapidarios: “Yo me quedo con el tango/ vos quedate con el rock”. Y muy apropiadas resultan también las numerosas entrevistas a los protagonistas de la historia que se intercalan en el texto.

Como bien señala Matías Mauricio en su prólogo, este libro es “un esfuerzo por comprender las prácticas, discursos y sensibilidades de supuestos opuestos que son en verdad una misma trama de un fenómeno que es histórico, ideológico, político, económico y cultural; fenómeno que hace a la identidad de este misterioso país del sur”.

Hoy, cuando muchos artistas de tango incluyen en sus repertorios canciones compuestas por rockeros, y viceversa, cuando el bandoneón en una banda de rock es tan natural como la batería y la guitarra eléctrica en una orquesta de tango, resuenan como proféticas las palabras que pronunció Luis Alberto Spinetta en el invierno de 1976, durante la presentación en directo de su disco El jardín de los presentes: cuando ante el murmullo de desaprobación con que el público recibió al bandoneonista Juan José Mosalini, el flaco sentenció: “Muchachos, hay que abrir las cabezas”.

El abrazo del tango y el rock – Alejo Rodríguez de Fraga

Estudio Suri (Edición independiente)

2018

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