Entrevista a Luis Pastor (primera parte)

11/07/2012 - Por Ana Blázquez y Carlos Monje
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Luis Pastor es uno de los grandes músicos de este país. Según Fernando González Lucini, las claves de su secreto son que “es un ser humano sencillo, no vive acelerado y sabe disfrutar de sus silencios“. Dice además que “contiene la música y el ritmo en sí mismo“.
Luis Pastor

Pregunta: ¿Qué piensas tú de esta descripción?
Respuesta: Está bien, si lo dice Lucini… Yo sobre todo creo que soy un ser musical, que nací con ese don. Y conozco a mucha gente que no se ha dedicado a este oficio y son seres musicales, a los que les gusta cantar a todas horas. En la España de mi niñez, cuando no había tanta electrónica ni tantos medios técnicos, la gente cantaba mucho más que ahora o por lo menos se les oía más. Mi mérito es haber descubierto de niño que quería ser cantante y tenerlo claro desde jovencito. Lo demás son piropos que me echan, pero que yo no sé si tienen que ser así o cabe también la crítica a mi trabajo a lo largo de todos estos años.
Mi mérito es haber descubierto de niño que quería ser cantante
P: El poema Yo vengo de un tiempo de cerezas se ha convertido en tu carta de presentación. ¿Qué recuerdas de ese tiempo de cerezas, en Berzocana primero y en Navalmoral de la Mata después?
R: La fotografías en blanco y negro de varias generaciones: las mías de la escuela con el mapa detrás que toda esa generación tenemos, la de la primera comunión, la de la era, metidos entre los muebles en un camión sin techo cuando emigramos por primera vez a Navalmoral de la Mata, esa fotografía permanece en mi retina. A mi padre arando y cantando copla, la voz que tenía y tiene a sus 92 años. Toda la memoria de la infancia y la adolescencia. Eran tiempos duros, tiempos difíciles, éramos niños mayores que tuvimos que responsabilizarnos. Yo trabajé a los 9 años en Navalmoral de la Mata en una tintorería y lo recuerdo como un orgullo, no como un castigo. Trabajar era poder aportar a tu familia, que no tenía medios, una pequeña ayuda para vivir y para salir adelante. Sentir que formábamos parte de esa responsabilidad nos hacía mayores y nos hacía sentirnos bien con nosotros mismos. Fueron años duros, pero al mismo tiempo gratificantes en lo humano, en lo cercano, en el poso que queda en cada uno de nosotros de ese sentimiento y de esas vivencias.
P: Y llegó la emigración a Madrid…
R: Tenía yo 10 años, debió ser en el 61. Llegamos a un poblado de chabolas, el Poblado Dirigido de Orcasitas, y allí vivimos un año en una casita compartida con otra familia, los cinco hermanos en una habitación con mis padres. Había algo al llegar a la gran ciudad que todavía te hacía ser de pueblo, te hacía ser paleto, porque esos barrios periféricos de chabolas en el fondo conformaban un paisaje muy parecido al pueblo. El primer día de mi vida que vi nevar fue en Orcasitas. Toda esa planicie nevada y todas nuestras calles de barro nevadas es una imagen que no se me borra nunca de la cabeza. La primera vez que fui al cine fue en Madrid, con mis cuatro hermanos, a una sesión continua. Echaban una de Marisol, que para mí en aquel momento era un ídolo y un referente, como lo había sido Joselito. Entramos a las cuatro de la tarde y salimos a la una y media de la madrugada, y mis padres estaban asustados buscándonos, creyendo que nos había pasado algo.
P: En 1966 compraste tu primera guitarra y empezaste a cantar en la iglesia de tu barrio. ¿Cómo recuerdas aquella época?
R: En el barrio de Vallecas empecé a cantar antes de tener la guitarra. Al llegar, con 10 u 11 años, había unos curas allí que vivían en un piso como nosotros y había una parroquia en un barracón de madera que había sido del ejército. Recuerdo estar cantando en la parroquia sin saber tocar la guitarra. Con trece años los Reyes me habían echado una bandurria y fui a Vale todo, un concurso de Radio España. En el colegio donde iba aprendimos Clavelitos y dos o tres canciones más, y vendí esa bandurria al profesor. En la calle Atocha, en una tienda que todavía está abierta, me compré una guitarra por 500 pesetas. Los primeros acordes me los enseñó Fabriciano Prieto, un seminarista que estudiaba con los curas obreros de mi barrio, que era un gran músico. Había musicado los Salmos, que se hicieron famosísimos, como “Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor”. En torno a estos curas descubrí a otro tipo de personas que había en el barrio y cómo era necesario que los trabajadores tomásemos conciencia de quienes éramos, que tuviéramos orgullo de sentirnos pertenecientes a la clase obrera. Los paletos, emigrantes de aquellos años, mano de obra barata, en el fondo éramos gente acomplejada por nuestra falta de cultura, entrábamos en un bar en el centro de Madrid y nos daba vergüenza. Tuvimos que aprender a superar muchos prejuicios que arrastrábamos y creo que la cultura nos salvó a muchos de nosotros. Leer libros, descubrir la poesía, por ahí empezó todo. No sé si primero fue la música o la conciencia de clase, yo creo que iban parejos, pero descubrí a otro tipo de cantantes diferentes a lo que yo había escuchado de niño, lo que se llamaba canción popular. Eran cantantes que hacían de la canción una manera de comunicar, de contribuir a las luchas contra las injusticias, de ser solidario. Y todo eso fue parejo con mi aprendizaje como adolescente y como joven que cada día se alejaba más de lo que estaba predestinado para mi vida, que era ser un trabajador de oficina que iba cada domingo a bailar con los demás amigos del barrio. Poco a poco me fui alejando de eso y se abrieron ante mí unas perspectivas que han dado lugar a ser el cantante que yo he sido en estos años y que no sería sin ese barrio, sin esos curas, sin esa gente, sin esa forma de ver la iglesia diferente en mi niñez. Hablábamos de una iglesia de los pobres, del humanismo cristiano de Jesucristo como un ejemplo revolucionario, de alguien que fue capaz de dar su vida por la Humanidad, como en ese tiempo la estaban dando curas en Latinoamérica curas que llegaron a coger un fusil. También era un ejemplo para muchos de nosotros el Che Guevara, mitos de la historia que de alguna manera tenían una semejanza a aquel Jesucristo de los Evangelios, que nos hizo ver la misa y la iglesia de otra manera. A los 16, cantaba con mi guitarrita todos los domingos canciones de poetas, de Paco Ibañez, de Atahualpa Yupanqui, y el cura, en lugar de leer solo la Biblia, también leía poemas de León Felipe.
No sé si primero fue la música o la conciencia de clase, yo creo que iban parejos
P: Has dicho alguna vez que fue Paco Ibáñez quien te descubrió la poesía. ¿Cómo viviste ese despertar?
R: Fue con el primer disco de Paco, me lo trajo Luis Sánchez Rufo, que luego fue mi mánager. Rufo había vivido el Mayo del 68 en París y cuando llegó a Vallecas trajo el primer disco de Paco Ibáñez. Rufo era un ser especial, un hombre que dinamizó a los jóvenes de mi barrio, que se pasaba las tardes en los bares para hacernos ver que la vida podía ser de otra manera también. En mi niñez conocí algún poema de Gabriel y Galán, pero yo no era un hombre de leer y es verdad que el primer disco de Paco me abrió las puertas a muchos poetas. Tengo una imagen que siempre recuerdo, era el año 67 y yo tenía 17 años. Iba en un trolebús por primera vez al colegio de Los Salesianos de Atocha a cantar con cantautores que yo ni conocía, entre ellos Elisa Serna, Pablo Guerrero, Las Madres del Cordero. Procedían de la universidad y eran el movimiento incipiente de la nueva canción, que aquí se llamaba “Movimiento de la Canción del Pueblo”, en Andalucía “El Manifiesto de la Canción del Sur”, en Cataluña la “Nova Cançó”, “Voces Ceibes” en Galicia… En ese trolebús iban dos chicas hablando en voz bajita de un poeta, yo agucé el oído y oí hablar de Miguel Hernández. Al día siguiente me fui a una librería que conocía en Madrid, donde bajo cuerda te daban libros que estaban prohibidos todavía por la dictadura. Es verdad que en mi biografía he dicho que descubrí la poesía con Paco Ibáñez, pero no fue solo con él, era todo lo que nos rodeaba.
P: Fidelidad, tu primer disco, centrado en los poetas comprometidos, tuvo dos vidas…
R: Dos intentos de vida. Yo había intentado grabar en el 67, un EP con cuatro canciones. En aquel tiempo había una casa que pertenecía al Arzobispado de Sevilla, se llamaba Pax, y allí había grabado Ricardo Cantalapiedra. También había grabado Kiko Argüello, que es el jefe de los Kikos, una de las organizaciones más poderosas de los reaccionarios de la Iglesia católica y que de joven vivía en las chabolas de la vía del tren del pueblo de Vallecas. El cristo que había en la iglesia de mi barrio lo había pintado Kiko Argüello y alguna canción suya ya se cantaba cuando él no era el que es ahora, el representante de esa otra iglesia económica y poderosa. Yo intenté grabar en Pax y tuve la negativa del arzobispo de Sevilla. Ya tenía diseñada la portada y canciones de Rufo y mías en las que hablábamos de las chabolas, de las casas bajas… Ahí se quedó ese primer intento. Cuando decidí dejar la oficina para dedicarme a ser cantante y militante, conocí a un cura obrero de Santa Coloma de Gramenet, me fui con él a Barcelona a cantar y me quedé a vivir allí. Barcelona iba por delante de Madrid en aquellos años, sobre todo culturalmente. Había una burguesía que apoyaba la Cançó por el hecho de cantar en catalán y unas infraestructuras en los barrios donde había un poco más de libertad que en Madrid. Había un sello discográfico que se llamaba Les Quatre Vents, donde estaban grabando parte de los cantantes catalanes: el primer disco de María del Mar Bonet, Elisa Serna, Las Madres del Cordero… Yo grabé allí mi primer LP con Manel a la percusión, que luego fue el cantante de La Platería y con un cura obrero que tenía un grupo de folk llamado “El Sapastres”. Los trámites de aquellos años eran mandar las letras a censura y no sabías si saldría el disco, pero hicimos el truco de cambiar los títulos. Por ejemplo, La Huelga de Pablo Neruda, la mandamos otra vez con el título de La huelga del ocio y fue aprobada, pero de 11 canciones se salvaron 5 y sólo puede sacar dos singles. Y volví a Madrid con mi primer single debajo del brazo a enseñárselo a mis padres, que lloraron cuando lo oyeron. Más allá de los discos, nuestras canciones empezaban a ser conocidas porque pasaban de boca en boca, de cinta en cinta, y cuando ya por fin en el 75 empezamos a grabar con normalidad, las casas de discos, como Movieplay, no tenían que hacer ningún tipo de inversión, se hicieron millonarios a costa de la canción política de este país.
P: En “Vallecas”, de 1976, vuelve otra vez la poesía con monumentos como Amar es combatir o Vamos juntos. ¿Qué recuerdas de ese segundo disco?
R: Se prohibió la canción Vallecas 75, pero le cambié el nombre y la llamé como el primer verso, “Vengan a ver”, y pasó la censura. Ese disco fue muy especial, creo que es un disco que tiene el poder de estar en el lugar y en el tiempo justo. Ya había muerto Franco y el disco empezaba con una canción de José Afonso, que para mí era un referente desde los 18 años y creo que ha marcado el camino de mi música, que decía “cúbrete canalla con la mortaja, hoy el rey desnudo va, desde hace mil años los viejos tiranos mueren como tú”. Al día siguiente de entrar a grabar Vallecas, cantamos para 70.000 personas en la Autónoma, rodeados por la guardia civil a caballo. En aquellos momentos, la dictadura hacía aguas por todos los lados, por más que fuera un año más represivo que el 74 y el 75, por más que siguieran multando o deteniendo a Elisa Serna y llevándola a la cárcel de Valencia o entrando la Policía Secreta en un instituto de Logroño mientras yo cantaba y para ver si me saltaba alguna letra. Pero más allá de saltar una letra, nosotros hablábamos entre canción y canción y eso les iba enervando. Y a los cuatro minutos aparecieron los grises con los cascos y las porras, dando hostias a niños, ancianos y a cualquiera que estaba en ese concierto. Nos llevaron a comisaría, el rojerío de Logroño se enteró y salieron a las calles hasta las cuatro de la madrugada. Momentos que se vivieron cuando la democracia estaba por llegar, en el 77 y 78 y hasta el 81 con el golpe de Tejero. Parece que hemos olvidado lo que suponía dar la cara en aquellos años, pero te la podían partir en cualquier esquina.
José Afonso, que para mí era un referente desde los 18 años y creo que ha marcado el camino de mi música
P: Los políticos primero se sirvieron de vosotros y luego renegaron. ¿Podemos decir que el punto de inflexión fue la victoria electoral de Felipe González o quizás fue incluso antes?
R: Antes hay un punto de inflexión para mí, que es la propia realidad, que me hizo plantearme con 27 años si quería seguir siendo cantante. Entré en crisis porque en el fondo fueron años de pérdidas de valores, de las grandes verdades donde se sustentaba tu alfombra, pero todo aquello se estaba perdiendo. Eran años de desencanto, la izquierda se dividió en el 77 con las primeras elecciones y cada uno se situó en su carrera para ganar o perder. Yo creo que son años todavía de seguir luchando, pero es verdad que del 82 para el 83, en noviembre gana Felipe González y para muchos cantantes es el comienzo de sus carreras, para algunos que no se habían significado tanto en los 70, como Aute por ejemplo, que no había cantado anteriormente. O como Sabina, que llegó a Madrid en el 78, después de venir de Londres y grabó un disco con barba con una canción contra Franco, cuando los demás nos habíamos cortado la barba y estábamos reciclándonos. Es verdad que esos años para algunos de ellos fueron años muy favorables. Para mí son años de seguir aprendiendo el oficio, pero de crisis permanente, de dudar de todo, de no creerme lo que hago y dudar del valor que había supuesto una canción en los años anteriores, pero al mismo tiempo de ganas de seguir haciendo de esto mi profesión. En los años ochenta, me salvó “el ciego de la tele“ [en referencia al programa Coplas del Ciego de TVE, que protagonizaba Luis Pastor]. Felipe González y la caravana del PSOE me dejaron fuera de todo eso en esas elecciones donde había mucho dinero. Yo protesté y rompí el contrato, porque nos querían hacer firmar una cláusula de exclusividad por la que sólo podíamos cantar para el PSOE y a mi nadie me había dicho con quién tenía que cantar hasta ese momento. Yo me negaba a obedecer eso, yo cantaba para la izquierda plural, fuera de unas siglas o de otras, para quien yo quería. De ahí surgió una reunión con Guerra en la que exigimos que nos dieran diez o trece conciertos en lugar de seis, y dijeron que si, pero cuando fui a firmar el contrato me dijeron “para ti no hay sitio en esta caravana”.Cuando estaban cuestionando que la canción de autor ya no tenía razón de ser, un ciego con una guitarra cantando sobre temáticas políticas de los periódicos, arrasó en los hogaresYo me hundí más de lo que estaba, pero a los dos días me salvó una llamada telefónica de un tal Amestoy, que iba a hacer un magazine en la televisión. Cuando estaban cuestionando que la canción de autor ya no tenía razón de ser, un ciego con una guitarra cantando dos canciones por semana sobre temáticas políticas de los periódicos, canciones hechas con retales de músicas que yo ya tenía compuestas, arrasó en los hogares. Los lunes en todos los trabajos se comentaba qué había dicho el ciego y vinieron las revistas del corazón a mi casa, en Vallecas. Los años 80 desvirtuaron el sentido de la canción, pero sobre todo del lado de los que mandaban, desmovilizaron a los sectores culturales y sociales para que los grupos políticos tivieran el control sobre todo eso. Creo que son años que han perjudicado a la democracia, que hicieron que mucha gente se desencantara y que mucha gente se dedicara a la política sólo desde el lado del objetivo económico, del poder, del traje, del coche oficial y tantas cosas que han llevado a la corrupción a muchos de ellos en los últimos años.
Segunda parte de la entrevista a Luis Pastor

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