Tabaré Cardozo. O el feliz matrimonio entre la murga y el rock

25/10/2013 - Fernando Marinelli
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Tábaré Cardozo - 20/10/2013
Teatro Coliseo, Buenos Aires
A diferencia de otros países sudamericanos, la llegada del rock anglosajón al Uruguay no significó una ruptura con la tradición, sino un aporte enriquecedor. Tabaré Cardozo pasó por Buenos Aires para refrendar lo que ya habían demostrado músicos como Jaime Roos o los hermanos Fatorusso.
Tabaré Cardozo, fotografía Sergio Zeni

Si hay algo que se reconoce inmediatamente en todo el mundo como uruguayo, después del candombe y por encima del mate, es el nombre de pila Tabaré.
Fue esa “uruguayidad” que Tabaré Cardozo porta en su nombre -y en su personalidad toda- la que trasladó al escenario del Teatro Coliseo, con la excusa de presentar su cuarto disco, El zoológico de mi cabeza, y calentar el ambiente para el lanzamiento del próximo, Malandra, que publicará hacia fin de año.
Es que a los 42 años, el músico y cantante montevideano es uno de los referentes ineludibles a la hora de hablar de murga, ese género que nació en Cádiz y se afincó definitivamente en el Uruguay a partir de 1909 (no casualmente la primera murga de ese país se llamó “La gaditana”, una suerte de chirigota montada por un colectivo de inmigrantes españoles), conservando la teatralidad y el espíritu zumbón de las canciones, pero incorporando influencias del candombe y otros ritmos afroamericanos.
Antes de lanzarse como solista a comienzos de este siglo, Cardozo pasó por media docena de murgas célebres de su país, entre las que sobresalen Falta y resto, Curtidores de hongos y la más exitosa de todas, Agarrate Catalina, donde llegó a ser director escénico y arreglador coral; y con la que aún continúa colaborando.
León Gieco, fotografía: Sergio Zeni
Con un público devoto, Tabaré Cardozo sube al escenario vestido de negro y con chistera al tono, acompañado por siete músicos y otros tantos coreutas. El arranque es con El tipo de la radio, un clásico de Cardozo donde despunta uno de los tópicos de sus letras, caracterizadas por un lenguaje coloquial y callejero: el fútbol. Al tiempo que se desvela el verdadero propósito de su propuesta: la fusión de murga y rock. Un cóctel efervescente que, a lo largo de dos horas de concierto y más de dos docenas de canciones, provocará que nadie permanezca impasible en su butaca.
Con Pobres poderosos, la banda ya está lanzada a un frenético periplo jalonado por riffs de la más pura estirpe heavy-metal, en contrapunto con el lirismo de las letras de Tabaré y un coro que responde al esquema “llamada-respuesta” de la música de raíz afro.
Recién después del quinto tema, Tabaré saluda a su público, entablando con la audiencia un diálogo familiar que atravesará todo el concierto, matizado por las bromas que les gasta a sus hermanos Martín -integrante del coro- y Yamandú, que milita en Agarrate Catalina y aparecerá más adelante como invitado.
Allí ocurre uno de los puntos más altos del show, cuando Tabaré presenta a León Gieco, un ícono del folk-rock local, a quien reconoce como su maestro. El público corea su nombre y, ya con Gieco a la guitarra acústica y armónica, la banda hace El viaje, sonando como una fanfarria marchosa.
La adrenalina recién disminuye cuando el argentino obsequia dos baladas de su autoría, Desembarco, inspirada en las Madres de Plaza de Mayo, y el inoxidable La colina de la vida, a dúo con Tabaré.
Dueño nuevamente de la escena, y con una voz poderosa pero sin demasiados matices, Cardozo desarrolla un set acústico que permite apreciar a pleno la originalidad de sus letras.
El acordeón de Daniel Rosa hace las veces de bandoneón en el tango autobiográfico Botija maula y no falta una balada de reconocida influencia sabinesca, con saludo incluido a su inspirador.
Tabaré Cardozo y León Gieco, fotografía: Sergio Zeni
Cuando la banda y el coro regresan, la fuerza del rock vuelve con ellos. Y no abandonará el escenario hasta un final prolongado por incontables bises.
Con el público de pié, bailando y agitando banderas uruguayas, bullirán en el mismo caldero dulces baladas, crítica social, cuplés, sones de ska, reggae y funk, aires de corrido mexicano, tributos a los próceres del canto popular uruguayo, hits como En el umbral. Y hasta un curioso samba carioca que se solidariza con Moacir Barbosa, aquél desafortunado guardameta brasileño que hizo posible la victoria de Uruguay en la final del Mundial de Fútbol de 1950. Un triunfo que los de “la celeste” elevaron a la categoría de leyenda y no dejan de esgrimir a pesar del tiempo transcurrido.
En noviembre, Tabaré Cardozo volverá a Buenos Aires para la presentación de Agarrate Catalina, su antigua murga -que ahora dirige su hermano Yamandú- junto a León Gieco. Y seguramente regresará muchas veces más, cuando termine en su país el carnaval más largo del mundo y los tablados dejen lugar al circuito de los escenarios cerrados. Para volver a demostrar que la música popular uruguaya es capaz de seguir avanzando con envidiable vitalidad, pero sin renegar de sus raíces. Que son las que, en definitiva, le dan su identidad. Como el nombre Tabaré.
Fotografías: Sergio Zeni

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