Fira Mediterrània: Más (o menos) de lo mismo

09/10/2018 - Ferran Riera
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Varios - 7/10/2018
Manresa, Barcelona
La XXI Fira Mediterrània de Manresa se ha desarrollado durante el pasado fin de semana con un programa de actos que, en cuanto al apartado musical, no ha presentado muchos cambios, ya que ha optado por una amalgama de estilos sin una personalidad definida.
Chano Domínguez & Paolo Fresu © Roberto Cifarelli

No entraremos de nuevo en una polémica que parece haber perdido el sentido porque nadie le hace caso, y que se resume de la siguiente manera: todos los festivales, lleven al apellido que lleven, se parecen cada vez más los unos a los otros, ya que lo único que preocupa a sus programadores es atraer a más y más público, y si para eso hay que renunciar a unos mínimos principios, pues se renuncia, y tan tranquilos, porque al fin y al cabo nadie va a venir a pedir cuentas si las cifras de asistencia son satisfactorias. Llevo años denunciando este hecho, en Manresa y en muchos otros certámenes, pero es como quien oye llover; sacas el paraguas y a vivir, que son dos días, y la mitad los pasamos durmiendo.

La nota de prensa oficial de balance de esta edición dice que la feria manresana ha estado marcada por la investigación artística y los rituales. Pues bien, yo debo haber tenido muy mala suerte, pero en la serie de conciertos a los que ha asistido he visto muy poco, tanto de investigación como de rituales. A continuación, detallo esas actuaciones.

El viernes 5, la jornada se abrió con cierto interés. En la sala El Sielu se presentaba el joven cantante valenciano Jonatan Penalba, con un repertorio de canciones tradicionales de su país interpretado con valentía y muy bien acompañado. Sus versiones de L’u d’Aielo, La petenera o el clásico de Al Tall Tio Canya, fueron muy celebradas.

A continuación, en el mismo lugar, llego el turno del guitarrista Pau Figueres, que estrenaba el disco Nada nuevo bajo el sol, recién salido el horno. Pau, que también estuvo bien respaldado, ha mejorado como instrumentista, es cierto, pero parece haberse acomodado en una especie de flamenco con toques de new age music con el que parece haber cerrado el abanico bastante más colorista que desplegó en su anterior trabajo.

Ya de noche, en el teatro Conservatori, tuvo lugar lo que yo considero el mayor fiasco de esta edición de la feria. Los ganadores del premio Teresa Rebull al mejor proyecto de producción de cultura popular y tradicional, esto es, el líder del grupo Obeses, Arnau Tordera, y el tenorista Magí Canyelles, ofrecieron el espectáculo Les cançons seran sempre nostres. Pues bien, sólo aguanté tres de esas canciones, porque no resistí el provincianismo de una puesta en escena barata con unos músicos disfrazados de monjes que hacían una especie de rock sinfónico setentero, pretendiendo vender un repertorio de canciones populares más o menos combativas. Y la verdad es que con esta apreciación me quedo corto.

De vuelta a El Sielu me topé con un experimento francamente extraño: un cuarteto occitano de polifonía, Vox Bigerri, compartiendo escenario con un batería norteamericano de jazz, Jim Black. La cosa funcionó a medias, ya que los cantantes no acabaron de estar a la altura, y el jazzman vanguardista, aunque cumplió con su papel, no se sabe exactamente qué hacía allí.

La noche acabó en una especie de discoteca de Oriente Próximo. O eso es aproximadamente lo que hizo el grupo 47 Soul con su actuación en La Taverna, acercando la Fira Mediterrània al terreno de un festival Sónar con su fusión de música aparentemente tradicional con funk, rock y rap.

Pasamos la página del calendario y llegamos al sábado 6. Por la tarde, en El Sielu, el Mediterráneo se sumergió en aguas atlánticas, ya que la cantante gallega Uxía presentó su trabajo dedicado al poeta Uxío Novoneyra. La calidad del trabajo hizo olvidar que Finisterre queda muy lejos del Mare Nostrum, porque donde hay calidad la procedencia es lo de menos.

 

Carles Dénia

Acto seguido volví al Conservatori, donde a diferencia de la jornada anterior, asistí al que, para mi gusto, fue el mejor concierto de esta Fira de Manresa. El valenciano Carles Dénia estrenaba su flamante disco Cant Espiritual d’Ausiàs March, una excelente y muy arriesgada apuesta de adaptación del poeta del siglo XVI a las texturas musicales del XXI, con influencias para todos los gustos: de la tradición al jazz, y del flamenco a la canción de autor. Formó parte de su interesante grupo el ya citado guitarrista Pau Figueres. Pero quien llamó más la atención fue la mejicana Karem Lugo, una bailarina/bailaora que alternaba las formas contemporáneas con las flamencas, adornándolas con movimientos geométricos.

A la salida del teatro, me topé con el pasacalles de Els Francolins, una banda de flabiols -flauta tradicional catalana- reforzada con una sesión de metales y otra de percusión cuyo repertorio no carecía atractivo: de la sintonía de Verano azul a la banda sonora de El puente sobre el río Kwai.

Ya en el otro gran teatro de la capital del Bages, el Kursaal, contemplé la puesta de largo de Les Anxovetes, un trío femenino que canta habaneras que ha ido creciendo en los últimos tiempos y ahora también presentaba su última producción, (D)Ones -un juego de palabras intraducible que mezcla mujeres y olas-. La formación ha ganado tanto en calidad interpretativa como en instrumental, sobre todo gracias al fichaje de un buen percusionista, pero el proyecto padece un gravísimo defecto que puede echarlo todo a perder: una puesta en escena de lo más cursi, de auténtico centro parroquial.

De vuelta a El Sielu pude oir algo del prometedor espectáculo Sirventés, a cargo de los occitanos Manu Théron (voz), Gregory Dargent (percusión) y Youssef Hbeish (oud). El sirventés es un género de poesía de los trovadores medievales que se distingue por su carácter contestatario, que estos tres músicos han puesto al día con unas adaptaciones en los que destacan los largos desarrollos instrumentales.

De nuevo en el Conservatori, el pianista andaluz Chano Domínguez y el trompetista sardo Paolo Fresu, ofrecieron un soberbio concierto de… versiones de canciones latinoamericanas, entre las que destacó una preciosidad, el Gracias a la vida de Violeta Parra. Menos al que, en el bis, la pareja se acordó de dónde estaba y tocó un tema napolitano.

La ruta concluyó ya de madrugada, como la noche anterior, en la Taverna. Allí tuvo lugar una sesión de baile folk que remató el dúo 21 Boutons, formado por dos acordeonistas, un catalán y una valona, que tuvieron el acierto de reforzarse hasta con otros cuatro músicos y una cantante para amenizar una serie de danzas tradicionales que fueron bailadas por un público numeroso que yo me pensaba que, entre tanta modernez, había desaparecido.

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