Bidasoa Folk 2018. ¿la mejor edición de su historia?

24/08/2018 - Álvaro Feito
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Sabandeños, Sharon Shannon, Dyaa Zniber - 17/08/2018
Hondarribia, Irún, Hendaya
Los Sabandeños, Sharon Shannon y Dyaa Zniber: un gran cartel. Si no la mejor edición de su ya larga historia, el Bidasoa Folk 2018 se aproxima al primer puesto del ranking, con toda seguridad.
Sharon-Conor-

Ya han pasado muchos y grandes artistas por la preciosa Bahía de Txingudi y su entorno (Hondarribia, Irún, Hendaya), nombres gloriosos como los de María del Mar Bonet, Benito Lertxundi, L’Ham de Foc, Paco Ibáñez, Vieux Farka Touré… y tantos otros, pero este año la selección ha sido rotunda y quizás más completa que nuca, no tanto por la fama a priori de los participantes, como por las excelentes prestaciones que han ofrecido todos ellos.

La medieval y entrañable Plaza de Armas, con el Parador Nacional al lado, agrietados aún sus muros por las salvas de los cañonazos guerreros de antaño, recibió la presencia de uno de los grupos más veteranos e ilustres del panorama del Estado Español (Islas Canarias incluidas, como no podía ser menos). El grupo fundado por el infatigable Elfidio Alonso hace algo así como 50 años (Elfidio posee aún unos juveniles 83) demostró no solo estar en buena forma, sino exhibir una de las mejores formas de toda su vida. Con la dirección musical de otro grande insular, Benito Cabrera, y con sus 29 músicos/cantantes en escena, Los Sabandeños son institución viva aquí y allá, allá y acullá (Latinoamérica incluida) del folk canario, valga decir también universal. Ahí es nada su trayectoria, y ahí es nada su plasmación actual, demostrada con creces en Hondarribia, separada de Hendaya por la isla de los Faisanes, de raigambre histórica sin cuento.

Actuando en todo momento como maestro de ceremonias, y didáctico presentador de todos y cada uno de los temas interpretados, Alonso dio toda una lección erudita y sabihonda, sin artificio ni pretenciosidad alguna, de su “set” de canciones. Primera parte dedicada al folklore canario más profundo, desconocido, oscuro a veces (isas o jotas, folías o fandangos, seguidillas o boleros), fue una parte del recital necesaria y saludable, si bien a veces un tanto ardua y difícil para el público no ducho en la materia (entre el que me cuento).

La segunda mitad fue otra cosa: una sucesión de “grandes éxitos” (sic) de las canciones más reconocibles y cantadas del repertorio sudamericano: Amapola, Alma Llanera, Guantanamera, La flor de la canela (recuerdos imborrables de María Dolores Pradera), hasta completar un “set” repleto de bellas armonías, hermosas vivencias, temas eternos, boleros, incluso cuecas chilenas o sones montunos: un recorrido vital y entrañable por la geografía del llamado (hace tiempo) Nuevo Mundo. Ahora, más nuevo que nunca. Los Sabandeños lo bordaron en sus increíbles voces -por encima de algunos gorgoritos tenores operísticos, más propios del clasicismo musical que de lo popular ancestral.- Ni siquiera esos momentos consiguieron borrar la impresión general: el mucho público asistente lo disfrutó de lo lindo, y era hermoso ver cómo, al final de la actuación, el respetable se abalanzaba hacia Elfidio dándole abrazos, pidiéndole su firma, felicitando en su persona a toda esa antigua rondalla convertida ahora en majestuosa formación de folk contemporáneo, batería y percusiones varias incluidas.

A eso, de alguna forma, se le llama estar en la vanguardia. Musicalmente, uno de los conciertos más perfectos de toda la historia del Bidasoa: ni un solo fallo, ni un solo desajuste, ni un solo desafine. Eso tiene mucho mérito. Y tiene toda nuestra admiración, por más que este género musical no sea el preferido de quien suscribe. Eso no importa: importa lo demás.

Los sabandeños

La acordeonista irlandesa Sharon Shannon (El famoso “Diario Vasco” se lució al mencionarla como “una de las mejores cantantes de su país”) nos regaló un concierto tan admirable como breve. Quizás presionada por los horarios de su vuelo de retorno a casa, su entrega no llegó a la hora y media de exhibición (bises incluidos). Lo bueno, si breve… Pero uno dice: lo bueno, cuanto más largo, mejor. Jigs, reels, baladas cantadas por uno de los miembros masculinos de su cuarteto acompañante, homenajes a quién sino Bob Dylan en Don’t think twice, it’s all right… el “set” de la simpatiquísima Sharon (que ha perdido ya su rostro aniñado y se aprecia el paso del tiempo, como no podía por menos de ocurrir, por su agraciado porte) estuvo marcado por la precisión técnica, la profesionalidad continua y la belleza y vitalidad de unas melodías y ritmos imperecederos. No pudo faltar, y no faltó, la Music for a found harmonium, tema original de Penguin Cafe Orchestra, que Sharon ha hecho también suyo.

Finalmente, la tercera jornada, desarrollada en el ambiente lujoso y “chic” de la terraza Sokoburu de Hendaya, al ladito mismo de la Grand Plage, acogió la presencia del grupo marroquí de la vocalista Dyaa Zniber (nacida en Salé-Rabat, pero residente en Cannes, Francia) y su Conjunto Patrimonio de la Musique Andalusí Marocaine. Quizás no fue el marco más adecuado para este recital, donde se esperaba más presencia de gente magrebí. Así y todo, el quinteto supo ganarse el favor del público resistente, y logró momentos de máxima intensidad expresiva, sobre todo en temas reconocibles para la colonia andaluza-hispánica: La Tarara fue un buen ejemplo de ello. Ecos del recordado/añorado conjunto Radio Tarifa también aparecieron en su repertorio, repleto de melismas orientalistas, requiebros casi jondos y aromas mediterráneos, sin perder nunca de vista su arabismo connatural: extensas piezas instrumentales y vocales que persiguen y logran a veces el paroxismo, también llamado “trance”.

Las piezas de procedencia sefardita (judeoespañola) nuclearon la actuación de este joven grupo que, vestidos con sus típicas “shellabas” parecían esconder personajes más veteranos, y que, pese a ciertas limitaciones vocales de su líder (femenina) -difícil para ella acceder a las notas más agudas-, completaron una actuación más que correcta, con momentos de rara intensidad lírica y poética, para finalizar así con esmero y gracia unas jornadas del Bidasoa Folk que, si no pasará a la Historia  Grande del certamen, estará muy, muy cerca de ella.

 

 

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